Y a nosotros…¿nos protege el derecho de autor?

Todos sabemos que la expresión “derechos de autor” alude a la protección legal que existe en los distintos países respecto de la calidad de creador de una obra artística, un invento, una marca…etc.
Sabemos también que, en términos prácticos, esta legislación aparte de otorgar poder de decisión al autor respecto de su creación lo “beneficia” económicamente.
Sin embargo estos saberes se transforman en profundas dudas cada vez que nos adentramos en el tema. Lo que hemos descrito suena cuerdo; respetar y proteger la condición de “paternidad” respecto de las creaciones no es discutible.
Lo que marca un punto de discordia en este tema es el concepto que tenemos de Conocimiento y cómo este se desarrolla y se patentiza en cada obra humana. ¿El flujo de este conocimiento debe ser restringido? Dilemas éticos se hacen presente: la responsabilidad del creador respecto de su comunidad y viceversa es un asunto que no se zanja con un edicto.

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En Chile contamos con una legislación respecto del derecho de autor que establece entre otras cosas que el creador es el único que puede decidir sobre la publicación y distribución de su material y que los beneficios de esta atribución permanecen efectivos durante los 70 años (art. 10) posteriores a la muerte del autor.

Se puede revisar los detalles en el siguiente link:

http://www.leychile.cl/Navegar?idNorma=28933&buscar=Propiedad+Intelectual&r=3

El caso es que la creación de nuestros más conocidos artistas -a no ser expresa decisión de ellos o sus familias una vez muertos- no goza de la posibilidad de solidificar el conocimiento de la comunidad y, peor aún, restringe su goce.

Neruda muerto en 1973, Violeta Parra el año 1967, Víctor Jara en 1973…y la lista suma y sigue…Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Rolando Alarcón, Nemesio Antúnez, Andrés Pérez, etc, pintores, actores, músicos, poetas, todos ellos fallecidos y, a no mediar un despojo explícito de sus familias, sus obras aún no tienen libre circulación.

Insistimos en que algunas de estas obras ya pueden haber sido liberadas; sin embargo, por ley perfectamente podrían estar sujetas a restricciones: Hoy sólo estaría a libre disposición obras de personajes fallecidos en 1945 (!!!!!)

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En términos concretos, un libro no será scaneado ni un disco copiado pues se trataría de actos ilegales: caerían en la nominación de “piratería”

Hace un tiempo atrás presentamos en este blog el caso de “Notas de una lata”, una iniciativa que consistía en digitalizar discos de distintas épocas de música docta nacional y difundirlo a través de diferentes redes sociales (blog, youtube, facebook). Se trataba, en general, de obras de difusión absolutamente restringida; de autores de conocimiento absolutamente acotado a un grupo de iniciados.
Ante la “falta a la legalidad” hube que retirar de circulación algunos ejemplares.
Demás está decir que el catálogo de “Notas de una lata” no sólo era abundante sino también profundamente interesante y, además, altamente importante como testimonio de la creación nacional.

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Se supone que los derechos consisten en la formulación legal de una aspiración de justicia. Y que bajo ese precepto son beneficiosos para todos; a menos, para una mayoría.

Frente a ejemplos como los citados nos preguntamos: Y a nosotros…¿nos protege el derecho de autor?

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Participar en la vida cultural: un derecho humano

Comencemos por acercarnos a una imagen de lo que entenderemos por “vida cultural”.

Habitualmente se desarrollan intensas discusiones sobre el significado y alcance de la palabra cultura.  Se levantan voces que reclaman derecho a la cultura libre; asociaciones de derecho de autor, por su parte, pugnan por restringir el acceso a los bienes culturales…

Si aquí proponemos -en forma momentánea- referirnos a la “vida cultural” es porque reconocemos que la cultura – lo cultural  sea cual sea su campo semántico se desarrolla en un constante flujo, en un movimiento continuo, un ir y venir sin pausas… La cultura no es un elemento estático; las controversias, pues, se relacionan con su movimiento y no necesariamente con su conceptualización (aunque pueda ser aún difusa o múltiple).

Un bien, una acción, un hecho, un testimonio, una obra, una práctica…a cada uno de estos vocablos -y muchos otros, sin duda- se les puede atribuir el carácter de culturales.   Su condición es determinada por la participación que tengan en una comunidad específica: la vida cultural es el diálogo de los “haceres” de los miembros de una comunidad, sea esta regional, nacional, virtual, ideológica, deportiva, familiar…etc.  Lo fundamental es que cada evento-ejemplo-caso establece relaciones con su entorno, conexiones múltiples, simultáneas, paralelas, de duraciones variables…pero siempre se conecta.  Se establece en condición de referente y referido al mismo tiempo…depende y genera dependencia para su comprensión.

En tal condición, siendo parte de una comunidad, cada quien es un ente cultural…un ser que participa de la vida cultural de su contexto.  Esto, por cierto, se opone a un pensamiento tradicional que atribuye especialmente a los artistas el carácter de “trabajadores de la cultura”.  Nadie discute que músicos, poetas, pintores, en fin, sean personas cuyo foco de trabajo cotidiano guarde relación directa con una reflexión encarnada en obras que se establecen instantáneamente como bienes culturales.  Sin embargo, el quehacer de todos los integrantes de una comunidad porta en sí mismo un vector de “culturalidad”.  Beatriz Busaniche, en las conferencias Sumar desarrolladas en Uruguay el año 2013, le reconoce a cada individuo un rol en la generación de cultura: todos somos autores, todo trabajo es creación, todos “musicamos”…independientemente de si tenemos o no contrato con una casa editorial, si somos coreógrafos o si estamos vinculados o no a un sello discográfico.

Esta forma de entender lo cultural como un espacio de vida, como movimiento, articulado por todos los miles y miles de personajes de un conglomerado nos pone en la situación de que la participación en ese acontecer es un derecho esencial.

Ninguna producción cultural nace descontextualizada, ninguna surge desde cero.  Toda obra se debe a su red de referencia tanto para su origen como para su comprensión.  Reconocer el carácter de autor de una obra, valorar el trabajo de su creador, cuidar y promover las condiciones para que siga desarrollando y profundizando su trabajo no puede significar interponer barreras para que la comunidad tome contacto con estas manifestaciones.

Proponemos abrir el espacio reflexivo para promover así  la libre circulación de la cultura.  Mariana Fossatti, en ese mismo ciclo de intervenciones (Sumar, 2013) propone repensar el concepto cultura a la luz de uno de sus caracteres principales de hoy…la circulación.

El planteamiento del crecimiento cultural de los pueblos a partir de las políticas implantadas en los diferentes países en relación a los derechos de autor no hace otra cosa que poner el concepto de propiedad intelectual fuera -curiosamente- del marco de lo que entendemos como vida cultural.

Los derechos humanos esenciales propenden nada más ni nada menos que a la celebración de la conciencia de quienes somos y como convivimos.  El derecho a la vida no es una decisión política con miras a mejorar los índices en los estándares internacionales de determinada nación.  Sin embargo, hoy en día, pareciera que el derecho a participar de la vida cultural se negocia -no con la reflexión respecto de su doble condición de sedimento y alimento  comunitario- sino meramente como una posibilidad de adquirir ventajas ante el juicio de la mirada internacional.

Toda legislación debiera ser el reflejo de un “ánimo”.  La ley es la fórmula que permita coordinarnos; en su fundamento está un modo de entender la realidad.

Desde ahí…pensemos.

Apuntes sobre el caso de Aaron Swartz

Imaginemos que un joven demuestra desde su primera infancia un marcado interés por experimentar con computadores…tal vez, un padre dueño de una compañía de software pudiera ser un dato que contextualice la afición de nuestro personaje.

Supongamos que producto de su interés y su astucia comienza a desarrollar proyectos que decantan su aprendizaje y, al mismo tiempo, ofrecen nuevas oportunidades  a miles de usuarios del sistema informático.  Pareciera ser que este individuo posee un alto concepto de la justicia y le motiva la expansión del conocimiento.

La imagen que nos vamos formando es la de un “prototipo” de genio.  Un niño talentoso, un joven iluminado…

Imaginemos ahora que las ideas de este personaje se insertan profundamente en el mundo de la investigación en torno a las posibilidades que nos brinda Internet.  Pongamos por caso que desarrolla códigos de cifrado de la información, organiza centros de acopio y flujo de datos, encabeza iniciativas de gestión del conocimiento en la red y que colabora con otras tantas;…pensemos que esas iniciativas llevan nombres altamente conocidos y respecto de los cuales existe un abierto reconocimiento (RSS, Reddit, Creative Commons, Open Library, Markdown, etc)

No nos será difícil ahora asociar a esta descripción la molestia de algunos (muchos) cuyo propósito eterno ha sido la posesión del poder: el conocimiento es un medio que permite controlar a los demás y por tanto debe concentrarse en una pocas manos.  Por lo mismo, la demanda, el juicio y el natural peso de lo que el mundo de la “supuesta justicia” que ampara a estas ambiciones de poder es también fácilmente imaginable.

Pongamos un nombre a nuestro personaje…algo así como Aaron Swartz.  Propongamos una fecha tentativa para un punto “supuestamente” final de nuestro ejercicio imaginativo: 11 de enero de 2013.  Signemos en el parte médico forense “muerte por ahorcamiento”: un suicidio común.  Naturalmente el joven de unos 26 años se vio acorralado ante la presión de un gobierno poderoso que no estaba dispuesto a la difusión de información muy posiblemente comprometedora y, fundamentalmente, tampoco tenía intenciones de poner en crisis ideas que se encuentran en la base  de su ideología.

Si situamos la escena en Nueva York…el relato comienza a cobrar insospechada realidad.

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Efectivamente, Aaron Swartz parece a ratos un personaje de ficción.  Ojalá pudiéramos corroborar que efectivamente esto se trata de un simple juego de nuestra fantasía.  Sin embargo, Aaron Swartz tuvo en sus cortos 26 años de vida la energía suficiente para legarnos aportes “reales” para nuestro mundo virtual y la desdicha de encontrarse con la actitud prepotente de los poderosos de siempre.

Swartz no sólo fue este personaje que imaginamos sino también la persona que sabemos.

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La acusación principal contra Swartz dice que habría obtenido vía descarga ilegal más de 4 millones de documentos académicos de JSTOR lo cuales habrían estado protegidos por copyright con el objetivo de compartirlos en la red.

Por esta razón habría arriesgado una condena de millones de dólares y decenas de años en prisión.

¿A cuánto tiempo de presidio podrían exponerse aquellos que -a diferencia de Aaron Swartz- pretenden privatizar el conocimiento; es decir, aquellos que intentan apropiarse de un bien que es de todos?

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Dentro de los datos del caso, JSTOR señaló en algún momento que no era la empresa sino el gobierno norteamericano el que había desatado la persecución a Swartz por delitos informáticos.  ¿El delito consistirá en hacer extensivo el resultado de las investigaciones académicas?

Quizás pudiéramos llegar a comprender que una entidad privada proteja con celo la información y el conocimiento: su propósito no necesariamente será el bien común.  Estamos intentando entrar en una lógica que no es la nuestra.

Igualmente, un ejército -suponemos- debe procurar mantener en reserva sus antecedentes.

Ahora bien ¿ se puede entender que un gobierno persiga la difusión del fruto de la investigación académica?

Ojalá las evidencias que hay al respecto fueran sólo un ejercicio de ficción

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No pretendemos poner en duda que el trabajo de un creador (artista), un investigador, un estudioso – en fin- tiene un valor: es rotundo; contundente.

De igual modo, entendemos que su trabajo debiera permitirles vivir, es decir, obtener el justo y necesario sustento económico para su vida cotidiana.

Sin embargo, estas dos aseveraciones no nos ponen del lado de quienes defienden el derecho de autor o el copyright en la dimensión economicista y segregadora en la cual hoy lo conocemos.

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Aaron Swartz ofreció el resultado de su investigación a la comunidad mundial.  De un modo directo o indirecto, todos hemos sido beneficiarios de su trabajo.

En caso de que sus aportes se hubieran mantenido bajo reserva, el desarrollo de los blogs no sería el que conocemos.

Escribimos esto, hoy, en un blog gracias a la investigación de muchos…entre ellos, el propio Aaron Swartz.

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En Chile, el derecho de autor es un tema de particular preocupación para muchos.

Una legislación llena de vacíos…que pretenden ser “corregidos”.

Bien podría existir la iniciativa de re-pensar el sentido de la ley.  Muy posiblemente no habría que llenar esos vacíos…sino más bien, vaciar el edicto.

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Desde el año 2010, la ley de propiedad intelectual en Chile faculta a los titulares de obras (musicales, literarias, fotográficas, etc.) para perseguir por vía judicial a quienes hagan uso de ellas ilegalmente.

Por “ilegal” se entiende: sin pagar

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Hace ya varios años, Roland Barthes declaró la muerte del autor.

¿Qué pasa que en muchas partes aún no se han enterado?

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Los seis personajes de Pirandello que andan en busca de un autor ¿lo hacen con el propósito de pagarle sus derechos?

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Estoy tentado de dejar aquí el número de mi cuenta bancaria…

Estoy llegando a pensar que debieran pagarme todos quienes lean este post.  Independientemente si les gusta o no; sin importar si suscriben a las ideas expresadas o las consideran absurdas…Cobraré el “uso”: estos párrafos son míos.  Como autor…la retribución económica es lo justo.

De no ser así, nos veremos en tribunales.

(Sigamos con el ejercicio de la imaginación)

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Existen muchos personajes y muchas personas que -como en el caso de Aaron Swartz- ponen su trabajo al servicio de la comunidad.  El vector de su empeño apunta al desarrollo cultural y emocional de los grupos a los que perteneces y a otros similares.

Existen quienes creen que liberar los frutos de la acción humana inteligente para su libre disposición en la comunidad constituye un delito.

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Por suerte, nuestras experiencias de aprendizaje más genuinas no están sujetas al cobro del derecho de autor.

El derecho a copiar no hace ser lo que somos.