Participar en la vida cultural: un derecho humano

Comencemos por acercarnos a una imagen de lo que entenderemos por “vida cultural”.

Habitualmente se desarrollan intensas discusiones sobre el significado y alcance de la palabra cultura.  Se levantan voces que reclaman derecho a la cultura libre; asociaciones de derecho de autor, por su parte, pugnan por restringir el acceso a los bienes culturales…

Si aquí proponemos -en forma momentánea- referirnos a la “vida cultural” es porque reconocemos que la cultura – lo cultural  sea cual sea su campo semántico se desarrolla en un constante flujo, en un movimiento continuo, un ir y venir sin pausas… La cultura no es un elemento estático; las controversias, pues, se relacionan con su movimiento y no necesariamente con su conceptualización (aunque pueda ser aún difusa o múltiple).

Un bien, una acción, un hecho, un testimonio, una obra, una práctica…a cada uno de estos vocablos -y muchos otros, sin duda- se les puede atribuir el carácter de culturales.   Su condición es determinada por la participación que tengan en una comunidad específica: la vida cultural es el diálogo de los “haceres” de los miembros de una comunidad, sea esta regional, nacional, virtual, ideológica, deportiva, familiar…etc.  Lo fundamental es que cada evento-ejemplo-caso establece relaciones con su entorno, conexiones múltiples, simultáneas, paralelas, de duraciones variables…pero siempre se conecta.  Se establece en condición de referente y referido al mismo tiempo…depende y genera dependencia para su comprensión.

En tal condición, siendo parte de una comunidad, cada quien es un ente cultural…un ser que participa de la vida cultural de su contexto.  Esto, por cierto, se opone a un pensamiento tradicional que atribuye especialmente a los artistas el carácter de “trabajadores de la cultura”.  Nadie discute que músicos, poetas, pintores, en fin, sean personas cuyo foco de trabajo cotidiano guarde relación directa con una reflexión encarnada en obras que se establecen instantáneamente como bienes culturales.  Sin embargo, el quehacer de todos los integrantes de una comunidad porta en sí mismo un vector de “culturalidad”.  Beatriz Busaniche, en las conferencias Sumar desarrolladas en Uruguay el año 2013, le reconoce a cada individuo un rol en la generación de cultura: todos somos autores, todo trabajo es creación, todos “musicamos”…independientemente de si tenemos o no contrato con una casa editorial, si somos coreógrafos o si estamos vinculados o no a un sello discográfico.

Esta forma de entender lo cultural como un espacio de vida, como movimiento, articulado por todos los miles y miles de personajes de un conglomerado nos pone en la situación de que la participación en ese acontecer es un derecho esencial.

Ninguna producción cultural nace descontextualizada, ninguna surge desde cero.  Toda obra se debe a su red de referencia tanto para su origen como para su comprensión.  Reconocer el carácter de autor de una obra, valorar el trabajo de su creador, cuidar y promover las condiciones para que siga desarrollando y profundizando su trabajo no puede significar interponer barreras para que la comunidad tome contacto con estas manifestaciones.

Proponemos abrir el espacio reflexivo para promover así  la libre circulación de la cultura.  Mariana Fossatti, en ese mismo ciclo de intervenciones (Sumar, 2013) propone repensar el concepto cultura a la luz de uno de sus caracteres principales de hoy…la circulación.

El planteamiento del crecimiento cultural de los pueblos a partir de las políticas implantadas en los diferentes países en relación a los derechos de autor no hace otra cosa que poner el concepto de propiedad intelectual fuera -curiosamente- del marco de lo que entendemos como vida cultural.

Los derechos humanos esenciales propenden nada más ni nada menos que a la celebración de la conciencia de quienes somos y como convivimos.  El derecho a la vida no es una decisión política con miras a mejorar los índices en los estándares internacionales de determinada nación.  Sin embargo, hoy en día, pareciera que el derecho a participar de la vida cultural se negocia -no con la reflexión respecto de su doble condición de sedimento y alimento  comunitario- sino meramente como una posibilidad de adquirir ventajas ante el juicio de la mirada internacional.

Toda legislación debiera ser el reflejo de un “ánimo”.  La ley es la fórmula que permita coordinarnos; en su fundamento está un modo de entender la realidad.

Desde ahí…pensemos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s